Tras el necesario y merecido parón vacacional sin ver una película en quince días, intento ponerme al día visionando títulos estrenados en las últrimas tres semanas y veo El síndrome Rembrandt (2025), del cineasta Pierre Schoeller. Pues bien, acabo de concluir el pase doméstico con la sensación de haber asistido a una película que, probablemente, es bastante más compleja de lo que yo mismo he conseguido entender. Y quizá convenga empezar por ahí, por esa incertidumbre. La he visto en versión original, con subtítulos en castellano, y los subtítulos —torpes, en ocasiones desconcertantes, cuando no directamente desorientadores— no me han ayudado precisamente a penetrar en una película que ya de por sí se mueve por territorios muy conceptuales, científicos y filosóficos. En algunos momentos tenía la impresión de que los diálogos me llevaban hacia un lugar y los subtítulos hacia otro. De modo que esta crónica no pretende tanto explicar El síndrome Rembrandt como contar lo que yo he logrado ver, intuir y comprender de ella.

La película, producción francesa, escrita y dirigida por Pierre Schoeller, tiene como protagonista a Claire Lescure, una eminente física nuclear interpretada por Camille Cottin. Su marido, Yves, al que da vida Romain Duris, trabaja también en el ámbito de la energía nuclear. Son dos profesionales brillantes, dos personas que parecen compartir inicialmente no solo una vida sentimental sino también una determinada manera de contemplar el mundo. Tienen una hija, Penélope, interpretada por la joven Céleste Brunnquel, y forman, en principio, una familia bastante estable.
Pero todo empieza a resquebrajarse cuando aparece Rembrandt.

La película arranca con una reunión tensa en la que científicos franceses, británicos y chinos discuten alrededor de la energía nuclear, de sus posibilidades y de sus riesgos. Es una apertura fría, cerebral, casi de película científica, donde las palabras parecen pesar tanto como las personas. Y, de pronto, Pierre Schoeller nos lleva a la National Gallery de Londres. Allí, entre distintas obras de arte, la atención de Claire queda atrapada por tres retratos de Rembrandt, tres rostros del siglo XVII pertenecientes a personajes completamente diferentes.
Esos cuadros funcionan como un resorte.
O quizá como una garra.

Porque Claire no se limita a contemplarlos. Algo se produce en ella. Algo inexplicable, al menos desde la lógica de su profesión, comienza a modificar su manera de pensar. A la mañana siguiente regresa al museo en cuanto abre sus puertas. Se aproxima nuevamente a los retratos y llega incluso a abrazar uno de ellos, saltándose las medidas de seguridad. Es una escena extraña, casi perturbadora, pero también muy reveladora: Claire establece una especie de contacto físico, emocional y mental con el cuadro y, a través de él, con Rembrandt.

A partir de ese instante, la mujer que hasta entonces parecía tener perfectamente ordenado su universo intelectual comienza a hacerse preguntas completamente distintas.
Y ahí está, para mí, el corazón de la película.

Claire empieza a separarse de la mujer que era. Sus razonamientos, sus argumentos y sus certezas profesionales comienzan a transformarse. Aquella física nuclear que parecía contemplar el mundo desde las leyes de la energía empieza a mirar hacia el clima, hacia la naturaleza, hacia el deterioro del planeta y hacia las consecuencias de una acción humana que está alterando peligrosamente los equilibrios naturales.

La película introduce entonces un vocabulario científico bastante específico, relacionado con la energía, el clima, las dinámicas atmosféricas y los fenómenos meteorológicos. Hay una voluntad evidente de construir una película de tesis, una película con un mensaje, casi una película de recado. Soler parece querer advertirnos de algo que conocemos bien, pero que quizá seguimos sin tomarnos suficientemente en serio: las consecuencias que puede tener para el ser humano la alteración irreversible del medio natural.
Y aquí debo reconocer que, en más de una ocasión, me perdí.

No sé hasta qué punto por la propia película o por esos subtítulos castellanos que, en lugar de servir de puente hacia los diálogos, se convertían a veces en un obstáculo. Algunas conversaciones científicas me resultaron difíciles de seguir y determinadas explicaciones parecían quedarse flotando en un territorio que yo no conseguía terminar de descifrar. Quizá El síndrome Rembrandt tenga detrás una arquitectura mucho más profunda de la que yo he podido alcanzar. No lo descarto en absoluto. Al contrario: sospecho que es una de esas películas que necesitan una segunda mirada.
Lo que sí pude seguir con claridad fue la transformación de Claire.

Porque el cambio no se limita a sus ideas profesionales. También afecta a su matrimonio. Yves es más prudente, más conservador en su relación con la energía nuclear. No parece dispuesto a renunciar a aquello que constituye su profesión y, en buena medida, su forma de entender el progreso. Claire, en cambio, se va radicalizando progresivamente. Lo que al principio parece una inquietud intelectual termina convirtiéndose en una posición militante. La mujer que estudiaba la energía empieza a cuestionarla. La científica comienza a convertirse en activista.
Y la pareja empieza a caminar en direcciones diferentes.

Es quizá uno de los aspectos más interesantes de la película, porque la crisis ecológica termina siendo también una crisis sentimental. Lo que se discute entre Claire y Yves no es únicamente la conveniencia o los peligros de la energía nuclear: se discute una manera de entender el futuro. Él representa la prudencia, la continuidad, la defensa de una determinada idea de progreso. Ella representa la ruptura, la alarma, la necesidad de reaccionar antes de que sea demasiado tarde.

Schoeller va llevando así a sus personajes hacia una progresiva bifurcación. La ciencia deja de ser únicamente ciencia y se convierte en una cuestión moral. ¿Qué hacemos con aquello que sabemos? ¿Hasta dónde puede llegar la responsabilidad de un científico? ¿En qué momento una persona deja de ser simplemente una profesional para convertirse en alguien obligado a advertir a los demás?
Son preguntas interesantes, incluso cuando la película las plantea de una manera excesivamente programática.

Porque El síndrome Rembrandt es, sin duda, una película de tesis. Se nota que Pierre Schoeller quiere decir algo. Quiere alertarnos, quiere provocar una reflexión y quiere que salgamos de la sala mirando de otra manera nuestra relación con el planeta. En algunos momentos esa voluntad resulta demasiado evidente y los personajes parecen estar al servicio de las ideas que la película quiere defender.
Pero hay imágenes que consiguen decir más que muchas de esas explicaciones.

Pienso especialmente en la parte final, cuando Schoeller empieza a introducir en la profundidad de campo las enormes chimeneas de las centrales nucleares. Esas estructuras aparecen al fondo de los encuadres con una presencia casi amenazadora. Son imágenes de gran potencia visual: el paisaje industrial, las chimeneas, los personajes y, entre ellos, esa naturaleza que parece reclamar su espacio. Ahí la película abandona por momentos el discurso y encuentra una forma cinematográfica de expresar aquello que lleva mucho tiempo intentando explicarnos con palabras.

También hay, dentro de ese recorrido, episodios que responden a una sensibilidad contemporánea muy reconocible, incluida una boda entre dos mujeres, y una progresiva transformación de Claire en una activista irreductible. En el último tramo, su posición se vuelve especialmente dura, incluso combativa. Ya no estamos ante la científica que se formula preguntas: estamos ante alguien que ha tomado partido.
Y quizá ese sea el verdadero efecto de aquellos tres retratos de Rembrandt.
No sé si Rembrandt transforma literalmente a Claire o si los cuadros funcionan como una especie de detonador psicológico para que ella descubra algo que ya estaba dentro de sí. Tal vez el pintor del siglo XVII no sea tanto el protagonista invisible de la película como el instrumento que permite a Claire romper con una vida que parecía perfectamente organizada.
Tres rostros pintados hace siglos terminan provocando una revolución en la conciencia de una mujer del siglo XXI.
La idea, en sí misma, me parece fascinante.

Pierre Schoeller, a quien recuerdo especialmente por El ejercicio del poder (2011), una película de marcado contenido político, vuelve aquí a construir un relato en el que las ideas terminan invadiendo la vida de sus personajes. Si entonces el poder político era el territorio de la confrontación, aquí son la ciencia, la energía, el clima y el futuro del planeta los que ocupan ese espacio.

Lo que queda al final es una parábola bastante clara: los personajes terminan alejándose de sus trabajos y acercándose a una forma de vida más vinculada con la naturaleza y con el activismo medioambiental. Es como si el contacto con Rembrandt hubiese abierto una puerta que ya no pueden cerrar.

El síndrome Rembrandt me parece, por tanto, una película seria, ambiciosa y con una preocupación legítima. Quizá demasiado seria en determinados momentos; quizá demasiado empeñada en explicarnos su tesis; quizá incluso algo enfática cuando convierte a Claire en una especie de portavoz de todas sus inquietudes climáticas y ecológicas.
Pero hay algo que le reconozco: no es una película indiferente.

Quiere hablarnos del futuro y del mundo que estamos dejando a quienes vienen detrás. Quiere enfrentarnos a nuestra responsabilidad ante una naturaleza que estamos sometiendo a una presión cada vez mayor. Y quiere hacerlo utilizando como punto de partida algo tan aparentemente alejado de todo esto como tres retratos pintados por Rembrandt hace cuatro siglos.
Quizá ahí esté su mayor misterio.

Unos rostros del siglo XVII contemplan a una mujer del siglo XXI y consiguen hacer que cambie de vida.
No sé si he comprendido completamente El síndrome Rembrandt. Probablemente no. Pero sí sé que la película me ha dejado pensando en esa extraña relación entre arte, ciencia y conciencia. Y, sobre todo, me ha dejado con la impresión de que esos tres retratos de la National Gallery son mucho más que simples cuadros dentro de la película: son el espejo en el que Claire descubre que ya no puede seguir siendo la misma persona.

Y eso, a pesar de mis dificultades con los subtítulos, es algo que la película consigue transmitir con bastante fuerza.

Reseña de José Manuel León Meliá

Rembrandt (2025)
Rembrandt poster Rating: N/A/10 (N/A votes)
Director: Pierre Schoeller
Writer: Pierre Schoeller, Anne-Louise Trividic
Stars: Camille Cottin, Romain Duris, Denis Podalydès
Runtime: N/A
Rated: N/A
Genre: N/A
Released: 24 Sep 2025
Plot: N/A
Calificación: