Había razones de sobra para esperar con expectación ‘El ser querido’ (2026), la nueva película de Rodrigo Sorogoyen, escrita junto a Isabel Peña y presentada en la Sección Oficial del último Festival de Cannes. Sorogoyen se ha ganado, con películas como ‘Madre’, ‘El reino’ y ‘As bestas’, y con series como ‘Antidisturbios’ y ‘Los años nuevos’, una consideración autoral poco frecuente en el cine españHol contemporáneo. Cada nuevo trabajo suyo llega, por tanto, acompañado de unas expectativas elevadas. Y ‘El ser querido’ responde a ellas en buena medida, aunque no siempre de la manera que cabría esperar.
La película arranca con una larga secuencia, de unos veinte minutos, en el interior de un restaurante. Esteban Martínez (Javier Bardem), prestigioso cineasta, ganador de dos Oscar, intenta convencer a su hija Emilia (Victoria Luengo) para que protagonice ‘Desierto’, la gran superproducción que va a rodar en Canarias sobre el Sáhara Occidental durante los años treinta. Emilia, que trabaja como camarera y apenas ha tenido una experiencia profesional como actriz, recibe la propuesta con una mezcla de desconfianza, resentimiento y hostilidad. No es extraño: su padre la abandonó años atrás y ahora reaparece para ofrecerle el papel de su vida.

Sorogoyen construye este primer encuentro con una precisión casi quirúrgica. Planos y contraplanos, escorzos, personajes ocupando parcialmente el encuadre mientras el otro permanece al fondo, miradas que pesan más que las palabras. El diálogo es naturalista, pero debajo de esa aparente normalidad circula una corriente de violencia emocional que irá creciendo. Esteban pretende reconciliarse con su hija, aunque pronto se percibe que también necesita utilizarla para completar su película. Emilia, por su parte, acepta entrar en el juego, pero no está dispuesta a olvidar el pasado.

A partir de ahí, ‘El ser querido’ se convierte en una película dentro de otra película. El rodaje de Desierto permite a Sorogoyen explorar el artificio cinematográfico, la construcción de los personajes, la autoridad del director y, sobre todo, las relaciones de poder que se establecen en un rodaje. Raúl Arévalo, en el papel del marido de Gabriela, completa un reparto en el que los actores parecen moverse constantemente entre la ficción y su propia condición de intérpretes.

El cine dentro del cine no funciona aquí como mero juego intelectual. Es el mecanismo mediante el cual padre e hija intentan decirse aquello que no saben decirse directamente. La película que están rodando se convierte en un espejo deformado de su propia relación. Incluso los distintos formatos y ratios de pantalla utilizados por Sorogoyen contribuyen a establecer esa frontera entre realidad y representación.

Hay momentos de una extraordinaria elegancia formal. Uno de los más reveladores sucede cuando Esteban escucha en el bufé de un hotel la música de su película mientras observa de lejos qué come su hija. La escena, aparentemente trivial, establece una asociación sutil entre la partitura, el personaje de Gabriela y la propia Emilia. Es cine pensado desde la imagen y desde el sonido, pero sin necesidad de subrayarlo.

El problema aparece cuando el conflicto familiar comienza a apoyarse demasiado en determinados clichés emocionales. Sorogoyen se distancia de los lugares comunes narrativos y evita soluciones convencionales, pero no siempre consigue escapar de los psicológicos. El padre ausente, la hija resentida, el ego del creador, la culpa, la necesidad de reconocimiento y la posibilidad de una reconciliación forman un entramado dramático sólido, aunque en algunos momentos demasiado calculado.

La película alcanza uno de sus puntos de mayor intensidad durante el rodaje de una escena en la que los personajes tienen que comer. Esteban repite una y otra vez la toma, incapaz de aceptar lo que considera una falta de compromiso de los actores. La secuencia evoca inevitablemente la leyenda de directores como Stanley Kubrick y su obsesión por la repetición y la perfección. Pero aquí esa exigencia profesional se convierte también en una radiografía del carácter de Esteban: su autoridad, su narcisismo y su incapacidad para distinguir entre dirigir una película y dirigir la vida de los demás.

En sus 135 minutos, ‘El ser querido’ acaba revelándose como una terapia, un exorcismo y una batalla. Una película sobre hacer una película que, en realidad, habla de la dificultad de ser padre, de ser hija y de pedir perdón cuando quizá ya se ha hecho demasiado daño.

No es una obra perfecta, ni pretende serlo. Su metacine puede resultar en ocasiones demasiado consciente de sí mismo y algunos conflictos parecen diseñados con regla y compás. Pero hay algo indiscutible: Sorogoyen vuelve a demostrar que sabe filmar la tensión, dirigir actores y convertir un espacio cerrado, una mirada o una conversación aparentemente banal en un territorio de enorme carga dramática. ‘El ser querido’ quizá no alcance la contundencia de sus mejores trabajos, pero confirma algo más importante: que detrás de cada película de Sorogoyen sigue existiendo una mirada propia. Y eso, en el cine español actual, continúa siendo motivo suficiente para prestar atención.

Reseña de José manuel León Meliá

 

El ser querido (2025)
El ser querido poster Rating: N/A/10 (N/A votes)
Director: Rodrigo Sorogoyen
Writer: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen
Stars: Javier Bardem, Victoria Luengo
Runtime: N/A
Rated: N/A
Genre: Drama
Released: N/A
Plot: Acclaimed director reunites with estranged daughter, an unsuccessful actress, to shoot a film together, confronting their strained relationship and unresolved past issues that neither wants to address directly.

 

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