
Visionada en la plataforma Filmin que ha colgado en la pestaña Atlántida Festival una serie de títulos para ver y disfrutar y aunque se ha podido programar en algún festival de cine, como en la última edición de la Seminci de Valladolid, ‘Yes’ (2025) es una obra que prefiere instalarse en la incomodidad y su resultado me deja perplejo y apenas entusiasmado. Más bien aturdido por una fuente de imágenes y rescoldos críticos que me ha costado digerir. El realizador israelí Nadav Lapid dirige y escribe esta obra a medio camino de un desquiciamiento surrealista plagado de consignas y ‘Secretos de un matrimonio’. Así la ha visto un servidor.
Conocido en España por títulos como Policía en Israel (2011), la extraordinaria La profesora de parvulario (2014) —que, en mi opinión, sigue siendo su mejor película— o la premiada Sinónimos (2019), Lapid ha construido una filmografía empeñada en explorar las grietas morales y políticas de la sociedad israelí desde una mirada tan provocadora como profundamente personal.
‘Yes’, su nueva y controvertida película, no ha llegado a las pantallas rodeada únicamente de expectativas cinematográficas. Su condición de producción israelí, en pleno contexto de la guerra de Gaza, ha provocado recelos comerciales e incluso el rechazo de algunos exhibidores. Es imposible desligar el filme del momento histórico en el que aparece, aunque precisamente su discurso camina en sentido contrario al del nacionalismo beligerante que domina la política del Gobierno de Benjamín Netanyahu. Lejos de convertirse en propaganda, ‘Yes’ es una sátira corrosiva que utiliza el absurdo, el humor negro y la farsa para denunciar la deriva militarista y el fanatismo patriótico.
La historia transcurre en Tel Aviv pocos días después del ataque de Hamás contra varios kibutz próximos a la frontera con Palestina, un acontecimiento que desencadena la posterior ofensiva militar israelí. Sobre ese escenario, Lapid construye una película de casi dos horas y media dividida en tres capítulos —La buena vida, El camino y La noche— que funcionan como movimientos de una misma sinfonía, aunque cada uno posea un tono y una identidad propios.
En el primero conocemos a Y, un prestigioso pianista interpretado por Ariel Bronz, y a su esposa Yasmine (Efrat Dor). Ambos sobreviven animando fiestas extravagantes donde la élite económica y militar israelí celebra su propia frivolidad. Son reuniones excesivas, delirantes, próximas al universo de El gran Gatsby, donde todo se desborda y se admite la frivolidad extrema, aunque aquí la ostentación se mezcla con el ridículo y la estupidez deliberada. Lapid convierte esos encuentros en un carnaval grotesco donde la banalidad convive con la violencia latente.
Y y Yasmin no son activistas ni figuras de la resistencia. Son ciudadanos corrientes que intentan salir adelante con su hijo en un modesto apartamento. Sin embargo, el conflicto irrumpe de lleno en sus vidas cuando a Y le encargan componer un himno destinado a exaltar al ejército israelí. A partir de ese momento, la película explora las contradicciones morales de un artista atrapado entre la supervivencia profesional y la responsabilidad ética. Todo ello envuelto en un tono surrealista donde el disparate parece convertirse en una extensión natural del fervor patriótico.
El segundo bloque, El camino, cambia radicalmente de registro. Y abandona Tel Aviv y viaja hacia la zona del mar Muerto, donde se reencuentra con Lea, un antiguo amor que representa una mirada mucho más crítica frente al conflicto. Mientras Yasmine permanece en la ciudad intentando resolver los problemas económicos de la familia, Y se aproxima físicamente a la frontera. Gaza apenas aparece en pantalla, pero su presencia es constante: columnas de humo en el horizonte, disparos lejanos y una sensación permanente de amenaza convierten el paisaje en un territorio moral devastado. Es también aquí donde la película verbaliza con mayor claridad su discurso antimilitarista.
Finalmente llega La noche, quizá el segmento más desbordado y caótico. La progresiva descomposición del protagonista culmina cuando acepta trabajar para un excéntrico oligarca ruso —interpretado, curiosamente, por el mismo actor (Aleysey Sebryakov) que aparecía en Anora-, en una deriva casi alucinatoria donde Lapid mezcla comedia grotesca, tragedia y delirio visual hasta llevar a sus personajes al límite.
Puede discutirse si ‘Yes’ resulta excesiva. Sus 150 minutos contienen escenas reiterativas, cambios bruscos de tono y un estilo deliberadamente descontrolado que puede poner a prueba la paciencia del espectador. Sin embargo, precisamente esa sensación de caos parece formar parte de su propuesta artística. Lapid no pretende ofrecer una narración equilibrada ni una tesis cerrada, sino retratar un país atrapado en una espiral de miedo, propaganda y contradicciones.
Como ya sucedía en ‘La profesora de parvulario’ o en ‘Sinónimos’, el director vuelve a demostrar que le interesan los personajes enfrentados a dilemas morales imposibles y las sociedades incapaces de reconocer sus propias fracturas. En esta ocasión lo hace recurriendo a una sátira feroz que alterna momentos de comicidad absurda con imágenes profundamente inquietantes.
‘Yes’ no es una película cómoda ni busca serlo. Es irregular, excesiva y, por momentos, agotadora. Pero también posee una valentía poco frecuente en el cine contemporáneo. Más que ofrecer respuestas, obliga al espectador a convivir con preguntas incómodas sobre el patriotismo, la violencia, el papel del artista y la capacidad del cine para enfrentarse a la barbarie sin renunciar a la ironía. Y solo por eso merece ser vista y, sobre todo, discutida.
Reseña de José Manuel León Meliá

| Yes (2025) | |
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Rating: 6.6/10 (266 votes) Director: Nadav Lapid Writer: N/A Stars: Sharon Alexander, Ariel Bronz, Efrat Dor Runtime: 150 min Rated: N/A Genre: Drama Released: 17 Sep 2025 |
| Plot: A jazz musician and his dancer wife Jasmine offer their artistic talents to help their nation after the October 7 attacks, with the musician tasked with composing a new national anthem. | |







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