Dos generaciones en la Singapur actual, contrapuesto el currante humilde de toda la vida con el joven que es muy listo, pero poco trabajador.

Anthony Chen dirige esta película como cierre de una trilogía que ha desarrollado a lo largo de casi tres décadas: Ilo Ilo (2013), Wet Season (2019) y We Are All Strangers (2025). En ellas, el cineasta muestra la transformación social y económica de Singapur, combinando el drama familiar con el retrato social, los problemas de clase, las brechas de riqueza y el reflejo de un país que cambia a un ritmo vertiginoso.

En esta ocasión, Chen nos presenta la vida de dos generaciones, un padre y su hijo, que intentan encontrar su lugar en una ciudad que evoluciona demasiado rápido. Una sociedad en la que la tecnología puede convertirse en una barrera para los más ancianos, que no saben cómo manejarla, y también en una trampa para los jóvenes, atrapados por la toxicidad de la información y la pérdida de tiempo que supone estar permanentemente conectados.

La generación joven está representada por un chico de 21 años, despreocupado y bastante vago, que vive con su padre, un hombre que lucha por mantener su modesto puesto de fideos en el mercado. El conflicto llega cuando el joven deja embarazada a su novia y ambos se ven obligados a cambiar sus vidas y afrontar unas responsabilidades adultas para las que todavía no están preparados.

Por otro lado, tenemos al padre, cuya vida también experimenta una transformación inesperada. Una llamativa mujer, guapa y exuberante, inmigrante malasia y camarera, irrumpe en su vida, se enamora de él y termina casándose con él. La nueva familia tendrá que adaptarse a una convivencia complicada, hacinados los cinco en un minúsculo piso de una sola habitación, con la cocina integrada en el salón. Un espacio reducido que refleja las dificultades de una sociedad en la que acceder a una vivienda digna se ha convertido en un auténtico problema.

A su alrededor encontramos una ciudad marcada por la desigualdad, la presión económica y las dificultades para conseguir un trabajo estable y una vivienda en condiciones. Anthony Chen muestra la vida cotidiana de sus personajes, la inmigración, la precariedad, el conflicto paterno-filial, la dificultad de mantener un pequeño negocio en el mercado del barrio sin poder aumentar los precios durante años, la responsabilidad de cuidar a un bebé cuando apenas se ha salido de la adolescencia y la vergüenza que sienten algunos jóvenes hacia la vida de sus padres. También refleja cómo las clases más desfavorecidas pueden llegar a sentirse extrañas en su propia ciudad.

La forma en que Chen acompaña esta historia resulta especialmente atractiva. El director elige imágenes que encuentran y resaltan la belleza de los espacios cotidianos, ya sea un minúsculo piso de protección oficial, el pequeño puesto de comida del mercado o las decoradas estancias de un piso muestra en una urbanización de lujo. Son lugares que hablan por sí mismos y que ayudan a mostrar las diferencias sociales de una ciudad en la que conviven realidades muy distintas.

La película también introduce el personaje de una inmigrante malasia, una camarera que vive sin demasiadas esperanzas de conseguir la nacionalidad y que se siente en competencia con la mayoría de los inmigrantes chinos que copan buena parte de los puestos de trabajo. Su historia sirve para mostrar una sociedad que parece diseñada para quienes tienen dinero, con una economía tremendamente competitiva y un coste de vida elevado. Mientras los más ricos pueden comprar viviendas sin mirar demasiado el precio, los humildes luchan por mantener su modesta forma de vida.

Uno de los inconvenientes que he encontrado en la película es que los personajes hablan en diferentes lenguas y dialectos —chino, inglés, cantonés, tamil y malayo—, pero como espectador no siempre resulta fácil distinguirlos. Esto hace que en algunos momentos se pierdan ciertos matices, especialmente en las situaciones de reproche o en aquellas relacionadas con las dificultades de los inmigrantes para encontrar su lugar y demostrar su pertenencia a la sociedad.

El comienzo de la película es realmente bello y muy atractivo. Una escena en la que vemos cómo se prepara el plato estrella del puesto de fideos del mercado, con la cámara prácticamente metida en el wok. Los ingredientes se van incorporando poco a poco, con una destreza y una precisión que resultan hipnóticas: las gambas, el pollo, el caldo, las verduras, los huevos, los fideos de arroz… Todo se mezcla y se cocina ante nuestros ojos, mientras el sonido de los ingredientes y del fuego consigue que nos sumerjamos por completo en la escena. Una secuencia preciosa, en la que casi puedes oler el plato recién preparado. Más vale que la veas sin hambre.

Ese comienzo encuentra su perfecto contrapunto al final de la película. No se puede contar mucho más sin destripar una historia que merece ser descubierta poco a poco.

Anthony Chen vuelve a demostrar su sensibilidad para retratar a personajes corrientes, sus problemas y sus contradicciones, construyendo un drama familiar que también funciona como un retrato social de Singapur. Una película que habla de las diferencias generacionales, de la desigualdad y de la dificultad de encontrar un lugar propio en una sociedad que parece avanzar demasiado deprisa, pero que también encuentra belleza en los pequeños gestos y en la vida cotidiana.

Reseña de Angelsrup

 

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