Hay muy pocas palabras, apenas un puñado de diálogos pero mucha y salvaje violencia. ‘Motor City’, producción estadounidense de 2025 dirigida por Potsy Ponciroli, pertenece decididamente a una categoría que sin ser nad especial consigue crear una expectación por su ausencia de locuacidad. Es un thriller de venganza ambientado en el Detroit de 1977 que reduce los diálogos prácticamente a la mínima expresión para confiar casi todo su poder narrativo a las imágenes, la música, el montaje, los cuerpos de los actores y una violencia que, cuando aparece, lo hace sin pedir permiso. El resultado es irregular, excesivo en ocasiones, pero también singular y, por momentos, francamente estimulante.

Ponciroli, responsable de ‘Old Henry’ (2021)y de la más reciente ‘Fuera de la ley’ (2024), demuestra aquí que sigue interesado por los mecanismos del cine de género. Si en aquella película anterior conseguía combinar el thriller con ciertos elementos de farsa y un sentido del humor bastante desopilante, en ‘Motor City’ cambia radicalmente de registro. Desaparece buena parte de aquella ironía y queda un cineasta mucho más interesado en la fisicidad de la acción, en la construcción de atmósferas y, sobre todo, en la posibilidad de contar una historia de venganza mediante el lenguaje puramente cinematográfico.
La propuesta tiene algo de experimento y algo de declaración de principios. El guion de Chad St. John es deliberadamente elemental: un trabajador corriente, John Miller (Alan Ritchson), está enamorado de Sophia (Shailene Woodley), una mujer que mantiene un vínculo sentimental con el poderoso gánster Reynolds, interpretado por un Ben Foster particularmente desatado. Reynolds no acepta perderla y decide quitarse de en medio al rival. Para ello urde una trampa: coloca droga en el coche de John y consigue que el honrado trabajador termine entre rejas por un delito que no ha cometido. A partir de ahí, todo queda reducido a una cuestión bastante sencilla: John quiere recuperar su vida, recuperar a Sophia y, sobre todo, ajustar cuentas.

No hay grandes sorpresas en el planteamiento. Tampoco parece que Ponciroli y St. John pretendan revolucionar el género desde el argumento. La película sabe que su verdadera carta no está ahí. Está en cómo se cuenta.

Y ahí aparece el elemento más llamativo de ‘Motor City’: los diálogos prácticamente han desaparecido. La película funciona durante buena parte de sus 103 minutos como si fuese un thriller mudo al que alguien hubiera enchufado una potentísima banda sonora. Los personajes hablan poco, muy poco, y en determinados momentos incluso podemos verlos conversar sin escuchar aquello que están diciendo. La información pasa entonces por una mirada, un gesto, una puerta que se abre, una pistola que aparece en el encuadre o un cuerpo que cae al suelo.

Es una apuesta arriesgada porque obliga a que todo lo demás funcione. Y aquí el montaje adquiere una importancia capital. No se trata simplemente de eliminar diálogos: hay que sustituirlos. Ponciroli lo hace mediante asociaciones de imágenes, elipsis, saltos temporales, gestos y acciones encadenadas. El montaje se convierte así en una especie de gramática alternativa. Cuando la película acierta, esa decisión resulta muy eficaz porque obliga al espectador a mirar y no simplemente a escuchar explicaciones. Cuando falla, se tiene la impresión de estar viendo un videoclip de larga duración.
La música tiene, por supuesto, una función esencial. Canciones de los años setenta (Noches de blanco satén, de los Moody Blues) acompañan buena parte del recorrido, mientras la película recupera deliberadamente la estética de los thrillers y las películas de explotación de aquella década. ‘Motor City’ quiere parecer una película perdida de los setenta, rescatada de un videoclub, desempolvada y proyectada hoy con una violencia considerablemente más explícita. La influencia no está únicamente en la ambientación, sino también en la fotografía, los colores, los decorados, la ropa, los coches y esa fascinación por los personajes turbios que podían moverse por un universo moral bastante más oscuro que el de buena parte del cine comercial contemporáneo.

Detroit es, en ese sentido, un personaje más. La acción transcurre en 1977, cuando la ciudad todavía conservaba una poderosa identidad industrial vinculada a la fabricación de automóviles. El título Motor City juega evidentemente con esa condición. La película utiliza fábricas, calles, bares, almacenes, carreteras y locales nocturnos para construir una ciudad de aspecto áspero y decadente, pero todavía alejada de la imagen de ruina económica que Detroit adquiriría posteriormente. Hay en la película una especie de nostalgia por una ciudad industrial que todavía conserva músculo, aunque bajo la superficie ya se perciban determinadas tensiones sociales.

La fotografía de John Matysiak contribuye notablemente a esa reconstrucción. Especialmente logradas son las numerosas escenas nocturnas, donde las luces artificiales, los neones y las sombras crean una atmósfera que parece sacada directamente de un thriller setentero. La imagen tiene textura, densidad y una cierta suciedad visual que le sienta muy bien al relato. Ponciroli entiende además que la violencia necesita un espacio y una iluminación adecuados para adquirir verdadera potencia.
Y violencia hay mucha.

‘Motor City’ no es precisamente una película pudorosa. Ponciroli se muestra bastante bravo a la hora de representarla y no parece interesado en apartar la cámara cuando las cosas se ponen feas. Hay tiroteos, peleas, persecuciones, heridas, muertes y momentos especialmente desagradables. La coreografía de algunas secuencias resulta notable, sobre todo porque la ausencia de diálogos obliga a que el movimiento de los cuerpos sea el principal instrumento narrativo.

Alan Ritchson, conocido especialmente por Reacher, encaja perfectamente en este planteamiento. Su John Miller es un hombre de pocas palabras —en realidad, de poquísimas— y Ritchson tiene que convertir su físico en una herramienta interpretativa. El personaje comunica su rabia, su desesperación y su voluntad de venganza mediante la mirada, la postura corporal y, naturalmente, los golpes. Es un papel construido alrededor de la presencia física.

Ben Foster, por su parte, parece disfrutar enormemente interpretando a Reynolds. Su gánster es exagerado, violento, posesivo y perturbador, y Foster se lanza al personaje con una energía casi animal. En una película tan dependiente de los gestos, esa exuberancia interpretativa resulta particularmente útil. Shailene Woodley queda más condicionada por el propio diseño del relato, aunque consigue dotar a Sophia de cierta vulnerabilidad y de algunos momentos de verdadera fuerza.

La película incluso se permite jugar con el tiempo. Hay un retroceso en forma de flashback que reordena determinados acontecimientos y, más adelante, la narración vuelve a adquirir una dimensión especialmente brutal. Una de las imágenes más contundentes muestra a John cargando sobre sus hombros a un hombre al que un disparo le ha provocado una amputación. Es una imagen que resume bien el espíritu de la película: Motor City no está especialmente preocupada por la moderación.
Y tampoco por la sutileza.

La historia de venganza es sencilla, quizá demasiado. El argumento funciona como una estructura sobre la que colocar escenas de acción y momentos visuales, y por eso cuesta encontrar en él la complejidad que sí tenía Fuera de la ley. Allí Ponciroli parecía disfrutar con el enredo y con la posibilidad de sorprender al espectador mediante una construcción narrativa más juguetona. Aquí se muestra mucho más directo. No hay demasiadas curvas: hay una carretera, un motor encendido y alguien que quiere llegar al final dispuesto a llevarse por delante a todo aquel que se interponga.

Incluso la muerte de Sophia, cuando se interpone para salvar a John de una bala disparada por Reynolds, sirve fundamentalmente para alimentar el combustible de la venganza. Es el momento en que el conflicto deja de tener cualquier posibilidad de solución y se convierte en una cuestión de supervivencia y ajuste de cuentas.

Curiosamente, después de toda esta furia, Motor City termina dando un salto de varias décadas hasta acercarse al presente. Ese epílogo introduce una perspectiva temporal que permite contemplar las consecuencias de todo lo ocurrido, aunque quizá llega cuando la película ya ha exprimido prácticamente todas sus posibilidades.

No estamos, por tanto, ante un guion memorable. Tampoco ante una película especialmente profunda en su retrato de personajes. Su interés está en otra parte: en el riesgo formal, en la puesta en escena, en el montaje, en la fotografía, en la música y en la manera en que Ponciroli convierte una historia de venganza bastante convencional en una pieza de cine de género con una personalidad visual reconocible.

‘Motor City’ puede irritar por su insistencia, por sus excesos y por esa decisión de mantener a los personajes callados durante buena parte del metraje. Pero también sería injusto negar que hay algo admirable en la convicción con la que Ponciroli lleva adelante su experimento. No es fácil hacer un thriller de acción prácticamente sin diálogos y conseguir que el espectador entienda qué está pasando. Él lo intenta apoyándose en el montaje, en la música y en la imagen, y cuando esos tres elementos se coordinan, la película adquiere una fuerza considerable.

No es una obra maestra del género, desde luego. El motor narrativo es bastante más modesto que el motor que anuncia el título. Pero sí constituye una demostración de que Potsy Ponciroli tiene una mirada propia cuando se mueve dentro del cine de acción. Después de la cierta desfachatez de Fuera de la ley, aquí demuestra que puede ser igualmente eficaz cuando abandona la farsa y se mete de lleno en un territorio mucho más salvaje.

Una película dura, bruta y deliberadamente excesiva. Un thriller de venganza con alma de película de los setenta, construido con muy pocas palabras y bastantes litros de gasolina, sangre y música. Quizá no tenga mucho que decir, pero sabe perfectamente cómo quiere decirlo. Y eso, en un género tan transitado como este, ya es algo.

Reseña de José Manuel León Meliá

Motor City (2026)
Motor City poster Rating: 5.8/10 (259 votes)
Director: Potsy Ponciroli
Writer: Chad St. John
Stars: Alan Ritchson, Ben Foster, Shailene Woodley
Runtime: 103 min
Rated: R
Genre: Action, Crime, Drama
Released: 24 Jul 2026
Plot: In 1970s Detroit, John Miller falls for a local gangster's girl. In retaliation, the gangster enacts a frame job to send the innocent man to prison. Life ruined, Miller plots a revenge campaign against the man who took his girl away.
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