
Cuando la vida decide salirse del guion
‘La vida de una mujer’ (2026), es una película que termina metiéndose dentro de uno. Es una película honesta, vital, divertida por momentos y profundamente emotiva, que habla de una mujer madura enfrentada a esa etapa de la existencia en la que uno descubre que todavía quedan muchas cosas por vivir y, sobre todo, que quizá ha llegado el momento de vivirlas a su manera.
La responsable es Charline Bourgeois-Tacquet, directora y guionista de Los amores de Anaïs (2021), y aquí vuelve a interesarse por los vaivenes sentimentales, las decisiones inesperadas y esa capacidad que tenemos los seres humanos para complicarnos la vida justo cuando parecía que todo estaba razonablemente colocado. La protagonista es Gabrielle Conti, una cirujana especializada en reconstrucción facial, y Léa Drucker compone un personaje extraordinario: inteligente, profesional, segura de sí misma y, al mismo tiempo, bastante perdida cuando se apagan las luces del quirófano.
La película arranca precisamente allí, en un hospital, durante una operación de reconstrucción de mandíbula. Un hombre se ha disparado accidentalmente mientras cazaba y Gabrielle tiene que recomponer el destrozo. El quirófano funciona como una declaración de principios: precisión, sangre fría, trabajo en equipo y una protagonista que parece saber perfectamente lo que hace. Pero la mujer que domina el bisturí con absoluta seguridad no tiene tan claro qué hacer con su propia vida.
La película está dividida en once capítulos, cada uno con su correspondiente título, y esta estructura permite que la historia avance a pequeños saltos, como si fueran fotografías sucesivas de una existencia que se está reordenando. En el primer capítulo, titulado Lo quiero todo, Gabrielle conoce a Frida, una escritora interpretada por Mélanie Thierry que quiere observar una operación para documentarse para su próximo libro. El encuentro parece casual, casi profesional, pero pronto descubriremos que aquella visita al quirófano va a tener consecuencias mucho más importantes.
Gabrielle está casada con un hombre que ya tiene dos hijos, interpretado por Charles Berling, y ella misma decidió en su momento no ser madre. El problema es que la vida familiar que ha construido empieza a pesarle. Se siente demasiado pendiente de los demás, demasiado instalada en un papel que quizá ya no quiere desempeñar. Necesita espacio, tiempo y, sobre todo, un territorio propio. Hasta plantea a su marido la posibilidad de marcharse de casa. No exactamente para escapar, sino para encontrarse.
Y entonces aparece Frida.
Lo interesante es que la película no plantea esta relación como una súbita revelación milagrosa. Hay miradas, complicidades, aproximaciones y pequeños gestos que van preparando el terreno hasta que, finalmente, las dos mujeres se entregan a una relación amorosa que rompe con las coordenadas habituales de Gabrielle. El encuentro entre ambas tiene algo luminoso y liberador. No porque Gabrielle descubra simplemente otra orientación sentimental, sino porque descubre otra manera de estar en el mundo.
Hay, además, algo deliciosamente desprejuiciado en la película. Bourgeois-Tacquet no convierte esta historia en un tratado sobre la identidad ni en una película de tesis. El amor aparece como aparece en la vida: cuando quiere, donde quiere y con quien quiere. Y las dos protagonistas, ya lejos de los veinte años, descubren que todavía pueden sorprenderse a sí mismas.
Mientras tanto, el hospital ofrece otra película dentro de la película. La sanidad pública francesa aparece sometida a carencias, obras, problemas de organización y dificultades laborales. Gabrielle cuenta con un asistente, interpretado por Laurent Capelluto, que asume las operaciones cuando ella no está. También aparece la realidad de médicos que abandonan la sanidad pública para marcharse a la privada, donde pueden trabajar menos y ganar más. No es un discurso especialmente subrayado, pero sí un retrato bastante reconocible de un sistema que funciona a base de profesionales extraordinarios obligados a hacer auténticos malabarismos.
Gabrielle también tiene que enfrentarse a otro asunto mucho más íntimo: su madre, de 84 años, padece Alzhéimer. ¿Se queda en casa? ¿Se contrata a alguien? ¿Es mejor una residencia? La película introduce así, sin perder nunca su tono ligero, otra de las cuestiones fundamentales de la madurez: empezar a cuidar a quienes antes nos cuidaron mientras nosotros mismos necesitamos decidir qué queremos hacer con el tiempo que nos queda.
Y ahí está probablemente el mayor encanto de La vida de una mujer. Gabrielle no es una heroína ni una víctima. Es una mujer adulta que trabaja muchísimo, que sabe perfectamente cómo reconstruir un rostro destrozado y que, sin embargo, descubre que reconstruir la propia vida resulta bastante más complicado.
Léa Drucker está magnífica. Tiene una mirada que puede pasar de la seguridad profesional al desconcierto, de la ironía a la ternura, en apenas unos segundos. Su Gabrielle transmite experiencia, cansancio, deseo y una saludable necesidad de romper alguna que otra regla.
Porque esta es, en el fondo, una película sobre eso: sobre romper reglas. Sobre aceptar que nunca es demasiado tarde para cambiar de rumbo, enamorarse de alguien inesperado, abandonar una casa, replantearse la familia o simplemente reclamar un poco de espacio para uno mismo.
La vida de una mujer habla de amor, trabajo, familia, enfermedad, sanidad pública, maternidad, Alzheimer y nuevas formas de pareja, pero lo hace sin convertirse en un catálogo de problemas contemporáneos. Lo hace con humor, con sensibilidad y con una protagonista a la que resulta imposible no acompañar.
Una película, en definitiva, sobre una mujer que durante mucho tiempo ha sabido perfectamente cómo recomponer los rostros de los demás y que ahora, con una mezcla de valentía y desconcierto, decide enfrentarse a la operación más complicada de todas: recomponer su propia vida.
Reseña de José Manuel León Meliá







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