Tras su paso por la 64ª Semana de la Crítica del Festival de Cannes y por otros certámenes relevantes como el Festival de Roma o la Seminci de Valladolid —donde, dentro de la sección Punto de Encuentro, despertó comentarios particularmente entusiastas y elogiosos, convirtiéndose en una de las «tapadas» de la programación—, llega una de esas obras que justifican el recorrido previo por festivales: una película pequeña en apariencia, pero profundamente humana. Se trata de la ópera prima como realizadora de cine, la francesa Pauline Loquès, ‘Nino’ (2025), una película sobre el detalle mínimo, el gesto apenas insinuado y el silencio que pessa más que cualquier palabra.

La estructura narrativa es sencilla. Cuatro días: jueves, viernes, sábado y domingo. Tres jornadas que funcionan como una cuenta atrás emocional y que permiten a Pauline Loquès acompañar a su protagonista, Nino Clavel (Théodoro Pellerin), en una especie de tránsito íntimo hacia una realidad que acaba de fracturarse. Porque la película se abre con una secuencia de enorme contundencia dramática: una consulta médica en un hospital donde Nino recibe un diagnóstico devastador. Un carcinoma provocado por un virus del papiloma humano, probablemente derivado de una infección de transmisión sexual, ha derivado en un cáncer de garganta que exige iniciar cuanto antes un tratamiento de quimioterapia y radioterapia.

El golpe es brutal y Loquès lo filma sin melodrama añadido, sin necesidad de subrayados. La cámara parece comprender que determinadas noticias poseen una violencia propia imposible de exagerar. El mundo de Nino queda suspendido en una especie de aturdimiento, en un estado de desconexión que se convierte en el verdadero motor de la película.

A ello contribuye decisivamente el trabajo de Théodore Pellegrin, intérprete prácticamente omnipresente durante todo el metraje. Su presencia resulta fundamental. Su físico, de rasgos delicados y una expresión constantemente atravesada por cierta vulnerabilidad, parece transmitir de manera natural una mezcla de inseguridad, timidez y fragilidad emocional. Pellegrin no necesita grandes explosiones interpretativas; le basta una mirada perdida, un silencio incómodo o una leve vacilación para expresar el derrumbe interior de un hombre que acaba de ver cómo el futuro se convierte en algo incierto.

La película encadena entonces pequeños acontecimientos casi insignificantes que, sin embargo, adquieren una dimensión inesperada bajo el peso del diagnóstico. Nino llega a casa y descubre que ha perdido las llaves. La persona encargada de la garita del edificio no está. Lo cotidiano se transforma de repente en una barrera imposible. Y comienza entonces un recorrido físico y emocional por distintos espacios y encuentros.

Nino visita a su madre coincidiendo con la celebración de su cumpleaños. Allí revisa álbumes de fotografías, imágenes de una infancia y de una vida pasada que parecen convertirse en una especie de refugio frente al miedo. Hay algo profundamente conmovedor en ese gesto de mirar hacia atrás como si el tiempo pudiera recuperarse, como si la enfermedad hubiera introducido de pronto una conciencia extrema sobre la fugacidad de las cosas.

Aparece también una antigua compañera de instituto, alguien que lo reconoce mientras él apenas logra situarla. En un momento de desconcierto emocional, Nino llega incluso a mentirle afirmando que va a ser padre. Más adelante buscará corregir ese impulso absurdo y pedir perdón. Pero esa mentira contiene algo revelador: una necesidad desesperada de aferrarse a una idea de continuidad, de futuro, de permanencia.

La cuestión de la paternidad emerge además en otro momento significativo cuando el protagonista contempla la posibilidad de preservar semen antes del tratamiento oncológico. La película introduce así una dimensión adicional: el miedo no solo a la enfermedad o a la muerte, sino también a la pérdida de las posibilidades futuras, a aquello que aún no ha sucedido.

Durante los cuatro días también aparecen amigos como Sofian (William Lebghill), cuya función parece consistir en intentar rescatar a Nino de ese estado de abatimiento emocional. Pero Loquès evita construir personajes de apoyo excesivamente funcionales o discursos artificialmente esperanzadores. La película se mueve siempre dentro de una honestidad emocional muy reconocible.

Las localizaciones desempeñan asimismo un papel relevante. Los apartamentos, las cafeterías, las calles y distintos rincones urbanos de París aparecen filmados con naturalidad, sin voluntad turística ni estetización excesiva. Son espacios cotidianos, reconocibles, escenarios de una vida corriente que continúa moviéndose mientras el protagonista siente que el tiempo se ha detenido.
Y quizá ahí resida uno de los mayores logros de ‘Nino’. Pauline Loquès no construye un drama sobre la enfermedad en términos convencionales. Construye más bien un relato sobre el desconcierto. Sobre ese instante en el que una persona se pregunta qué hacer, a quién llamar, qué decir y con quién compartir un miedo que todavía ni siquiera comprende.

Con una puesta en escena sobria y contenida, pero cargada de sensibilidad, ‘Nino’ encuentra una autenticidad que explica perfectamente el eco que ha despertado en festivales. Su emoción nunca parece calculada; nace de algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo: la sinceridad. Y sobre esa sinceridad descansa una película hermosa, delicada y profundamente honesta que convierte la vulnerabilidad humana en su mayor verdad cinematográfica.

Reseña de Jose Manuel León Meliá

 

 

 

Nino (2025)
Nino poster Rating: 7.0/10 (595 votes)
Director: Pauline Loquès
Writer: Pauline Loquès, Maud Ameline
Stars: Théodore Pellerin, William Lebghil, Salomé Dewaels
Runtime: 96 min
Rated: N/A
Genre: Drama
Released: 17 Sep 2025
Plot: Nino, a young man, explores the streets of Paris to reconnect with the world and himself, after being diagnosed with cancer.

 

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