
A media tarde y en la sección oficial fuera de concurso se ha podido ver la potente producción chilena, ‘Mil pedazos’ (2026), escrita y dirigida por Sergio Castro San Martín. Una película dotada de un estilo correoso y escarpado, que trata de traducir en imágenes y empleando una estética árida y brusca, un drama rústico centrado en torno a la pérdida y a la conmoción devastadora que deja un accidente de tráfico en los personajes, un matrimonio formado por Miguel (Daniel Muñoz) e Isabel (Paola Giannini).
Una pareja que tiene una niña, Emilia, de nueva años, que atraviesa una crisis y parece ser que su ruptura es inminente. Mientras deciden qué hacer emprenden un viaje, una especie de excursión por carretera, conduciendo por una zona desértica y por una área en medio de la nada y cerca de la cordillera andina. La niña se distrae con una cámara fotográfica que también recoge video mientras que los padres dilucidan donde quedarse cuando se separen y qué hacer con la niña. En medio de una conversación incómoda y en un ambiente que no termina de ser crispado y violento, el coche derrapa, pierde el control y se desliza por un terramplen hasta llegar abajo e incendiarse el vehículo. El accidente es gravísimo y a consecuencia del impacto, Emilia fallece, Isabel queda mal herida y Miguel, aturdido, en estado de shock y soportando la culpabilidad del hecho, coge el cadáver de su hija, lo envuelve en una mana y como un desesperado autómata lo lleva en busca de un sitio idílico para enterrarlo.
Tras recuperarse Isabel del coma, sale al desierto chileno, abrupto y pedregoso, apenas sin esperanza, buscando por donde nadie lo ha intentado para encontrar con vida a su marido e hija.
Isabel es una persona con discapacidad auditiva y se vale de audífonos para oír. En este película, el recurso del sonido es fundamental y brinda momentos intensos, de verdadera congoja, cuando Isabel debe gritar llamadas de auxilio y debe quitarse el audífono para no sufrir un estallido del aparato.
‘Mil pedazos’ es una película seca, cruel, tremenda, triste, desesperada y dolorosa. La inmensidad del paisaje y la valiente decisión de Isabel nos hace seguirla en un instinto maternal hasta toparse con la realidad más desagradable. Pieza dura y también sentimental por utilizar, a modo de metalenguaje, las videos grabados por Emilia con la cámara como forma de recordarla y escuchar su voz.
José manuel León Meliá


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