
‘The scarlet hour’ (1956) es un excelente drama criminal acometido con su habitual clasicismo formal y narrativo por Michael Curtiz, un realizador todoterreno que se desenvolvía muy bien en la turbia y variable conciencia y moralidad de los seres humanos. ‘La hora escarlata’ escrita, entre otros por el guionista Frank Tashlin, es una sórdida historia de avaricia, amor, celos, cinismo y mala leche que conjuga una serie de ingredientes que en el registro del cine negro o melodrama romántico tiznado de pecado delictivo, han funcionado de manera mecánica con resultados más que óptimos cuando detrás de la cámara hay un contador de historias formidable y cuajado. Un cineasta curtido y experimentado que sabe contar relatos sobre las debilidades humanas con precisión y economía de medios.
Esta película pertenece al gremio de obras inmortales como ‘El cartero siempre llama dos veces’, de Tay Garnett o ‘Perdición’, de Billy Wilder, por poner dos ejemplos de alta alcurnia con los que se puede emparejar ‘La hora escarlata’ y con las que puede sostener un diálogo en parecidos términos acerca de la bellaquería de las personas cuando en aras de conseguir sus objetivos no dudan en pasarse al lado oscuro de las infracciones morales.
En este caso, sin destellos fuera de serie o momentos relumbrantes de gran poder creativo estético/visual, y con la base de un libreto sobrio y seco, Curtiz propone otro desvío del paraíso por culpa de la tensión sexual y la impertinencia del azar y la casualidad.
Una pareja de amantes, Pauline (Carol Ohmart) y Marshall (Tom Tryon), ocultan su relación buscando la furtividad y la oscuridad de la noche en las colinas que rodean la ciudad luminosa de Los Angeles. Ella está casada con un importante promotor inmobiliario encarnado por James Gregory y Marshall es el jefe de ventas de este empresario. Ocultan el coche entre el follaje y se esconden entre las ramas para mantener su affaire en secreto. Pero no son los únicos que piensan que esa zona retirada es la mejor para acordar un chanchullo. Parapetados discretamente entre los arbustos, Pauline y Marshall, escuchan como tres individuos preparan un golpe perfecto. Tras escuchar sus características, los amantes deducen que sorprender a los ladrones tras la ejecución y quitarles un botín en joyas que asciende a 350.000$ les permitiría tener un colchón holgado, largarse a otro sitio y mantener su idilio tranquila y cómodamente.
El planteamiento es rotundo y eficaz. En aquellos años dorados este tipo de premisas estaban al orden del día. Aquí vuelve a ser la mujer el personaje infiel que, en el correr del metraje y con el advenimiento de circunstancias, es el que antes se corrompe, pierde la serenidad y termina comportándose como embrutecida por los hechos. Una mujer fatal en toda regla. Mientras tanto, Marshall, delincuente advenedizo, se ajusta a lo estipulado en una función correlativa al inocente con manos sucias.
Los fogosos amantes ejecutan su plan, se hacen con el maletín repleto de joyas (más adelante se sabrá que son como las reliquias que adornaban el pajarraco de ‘El halcón maltés’, de John Huston) pero en el momento de la fuga son sorprendidos por el marido de Pauline, que sospechaba de ella y la sigue hasta el lugar de la fechoría. En la pugna y pelea que mantiene el matrimonio, la mujer dispara, mata al esposo y al salir a la carrera con Marshall pierde una pulsera personalizada.
Estos primeros minutos son briosos y narrados con una pulcritud y alternancia de sus requisitos principales de manera harto precisa. A partir de ahora esta batalla se juega en el terreno policíaco y dramático. Por una parte, la policía, con su investigador al frente, interpretado por E.G. Marshall, calibra los motivos del por qué un hombre empresario se encontraba en ese lugar a la vez que observamos los avatares de los amantes por conducir su plan con el sobresalto del asesinato del dueño de la inmobiliaria Nevins.
Marshall se mantiene impoluto, sabe lo que se juega y mantiene una posición delicada pero bajo un estricto control psicológico y dominando la situación. Además está apoyado por la intervención de la secretaria del empresario, Cathy (Jody Lawrence), frágil, guapa, delicada, astuta, virginal y enamorada perdidamente de Marshall. Esta incorporación a la trama repercute en el nacimiento de los arrebatados celos de Pauline, que además tiene que soportar la amenaza de un disuasorio hombre que sabe que la pulsera que se perdió en las inmediaciones de la zona del crimen le pertenece.
Así las cosas, se conforma un típico repertorio criminal básico pero sobriamente descrito y narrado que da como resultado un título memorable, con todos sus ingredientes propios de un argumento de estas características en los que los personajes centrales viven agitados y desesperados por sus actos. Las consecuencias avivan sus remordimientos y atrapados en una espiral en la que se ve que cada vez hay menos salidas satisfactorias, repliegan velas esperando que el castigo sea lo menos grave posible.
‘La hora escarlata’ lo tiene todo, no le falta de nada. Quizás es demasiado deudora de otras películas que revolotean en asuntos muy parecidos. Pero sabiendo que no presume de originalidad sí que al menos alardea de haber construido una historia de manera impecable.
Reseña de José Manuel León Meliá

| The Scarlet Hour (1956) | |
|---|---|
![]() |
Rating: 6.9/10 (778 votes) Director: Michael Curtiz Writer: Alford Van Ronkel, Frank Tashlin, John Meredyth Lucas Stars: Carol Ohmart, Tom Tryon, Jody Lawrance Runtime: 95 min Rated: Approved Genre: Crime, Drama, Film-Noir Released: 01 Apr 1956 |
| Plot: An unhappy wife uses her powers of manipulation to draw an infatuated man into an ill-fated jewelry heist. | |







Deja una respuesta