¡¡Ajajá!! Pensaban que sólo era capaz de hacer tiras cutres ¿Verdad? Pues no… también soy capaz de hacer recomendaciones literarias cutres.

Un servidor es “holmesiano”. Quizá mi primera y más querida edición del cannon del detective no sea la mejor, pero mis tres tomitos de Orbis adquiridos en el kiosco como minicoleccionable típico postveraniego gozan de un lugar privilegiado en mi corazoncito y mi estantería. Pastiches de Holmes los hay a cientos. Incluso el mismo hijo de Arthur Conan Doyle, Adrian, se atrevió a hacerlo. Y por supuesto, es casi imposible leerlos todos. Pero siempre llama la curiosidad cuando los autores que los realizan son patrios. Así que supongo que el machihembramiento de todos éstos factores serían el motivo por el cual terminó cayendo en mis manos hará una docena de años “Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos”, el primero de los cuatro libros que escribió el asturiano Rodolfo Martínez sobre el personaje.

Por cierto, como es normal, el profundizar en tramas o pasajes resulta peligrosamente “spoileante” por lo que dejaré unos apuntes muy breves sobre cada una.

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Este primer libro en realidad comprende una novela corta, que es la que da título al volumen, y un par de historias breves. A pesar de que tenemos continuaciones, éste volumen se desvincula temporalmente del resto de entregas ya que a partir de la segunda novela se nos narran eventos de unos cuarenta años a partir de lo narrado aquí. En cuanto a la trama, pues partiendo de un caso que en principio es una simple suplantación de personalidad la cosa se va liando hasta meter por el medio cosillas Lovecraftianas… ¡¡incluso el mismísimo Necronomicón!!

En la segunda historia que encontramos, Desde la tierra más allá del bosque,  Martínez muda nuevamente el estilo de escritura y mimetiza a Bram Stoker alternando el diario personal de John Watson con el de su tocayo John Seward. Y así nos ofrece un relato entretenido en el que se cruzan los personajes con el célebre no-muerto.

Y llegamos a La aventura del asesino fingido, con un Holmes retirado en Sussex y que sería digna de incluirse en cualquiera de las recopilaciones de relatos del autor original ya que de todos los escritos es tal vez el que más se asemeja al estilo original.

Al contrario de lo que pueda parecer, en ningún momento llegó a chirriarme el hecho de que personajes reales e inventados compartieran un mismo universo. Además de notarse el cariño que tiene el autor por ellos, dado que tanto Lestrade, Mycroft o cualquiera de los irregulares de Baker Street se comportan coherentemente con las personalidades que les definió el autor original. Escritor que también aparece en las historias, ya que Arthur Conan Doyle es el agente literario de Watson.

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Saltemos a la segunda entrega, Las huellas del poeta. Y lo de saltar es literal ya que, como he comentado antes, pasamos a 40 años más tarde con un Holmes mayor pero en bastante buena forma gracias a los experimentos que ha ido desarrollando con la jalea real como base. Al igual que muchos de los autores que han escrito sobre el detective, Rodolfo Martínez prescinde de Watson, sustituyéndolo por un sobrino de la casera de Holmes, la Señora Hudson.

Y como no hay nada más cómodo que llevar las cosas a tu propio terreno, en ésta aventura tendremos al detective recorriendo nuestra querida piel de toro. Yendo desde Burgos a Gijón con escalas en Madrid o Toledo, siguiendo una nueva pista sobre el famoso libro lovecraftiano con la guerra civil de fondo y la típica conspiración en las sombras.

En ésta novela encontramos mi garbanzo negro particular de la saga. Y es que por mucho que me gusten los cómics y a pesar de “pasar por el aro” cuando te aparecen en la narración personajes como el Rick Blaine de Casablanca, el hecho de encontrarme a cierto boy scout de acero es algo que no me hizo ni pizca de gracia. Aunque le reconozco al escritor la habilidad que demuestra para lograr que no destaque particularmente.

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Llegamos entonces a la tercera parada, La boca del infierno. En ésta ocasión será el cabecilla de los irregulares de Baker Street, Wiggins el acompañante del anciano detective. Que, por cierto, podría hacerse de oro si vendiera a los laboratorios farmacéuticos su fórmula de jalea real porque hay que ver cómo se desenvuelve para tener más de noventa años… Una vez más tenemos trasfondo de Lovecraft, con un ritual que tiene la intención de revivir a Los Primeros y quizá un toque de fantasía superior al de las anteriores.

Cuando leí el libro tuve la sensación de alargamiento innecesario de la trama. No pude evitar pensar que los cuatro libros se podían haber dejado en tres obviando ésta entrega o resumiéndola en forma de prólogo extenso de la cuarta o epílogo de la anterior. Aparte de que esperaba que el detective afrontase algún caso detectivesco en lugar de verse sumergido otra vez en una trama con el mismo origen del mal que en los libros precedentes. De obligada lectura por completismo, cierre de tramas de la anterior y preparación para el gran final, pero indudablemente la más floja de todas en mi opinión.

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Y finalmente nos encontramos El heredero de nadie en la que tenemos, como si de una promoción de un supermercado se tratase, una oferta de 2×1. Ya que aunque las tramas terminan convergiendo (como es inevitable) podríamos considerar que tenemos dos libros en uno. Una novela de espías protagonizada por Wiggins en los años sesenta con la típica organización criminal que extiende sus tentáculos hasta límites insospechados y salpicando incluso el asesinato de cierto presidente norteamericano en Dallas por un lado, y por el otro asistimos en 1880 al peregrinaje de un joven Holmes con una compañía de teatro recorriendo el Salvaje Oeste y formándose poco a poco, incluyendo su dominio en el arte del disfraz.

Rodolfo Martínez nos ofrece un cierre satisfactorio a su periplo holmesiano, incluso llegando a redimir la sensación que os comentaba de que la tercera entrega estaba de más, al apoyarse en ella para la trama de ésta y justificando en cierta medida su existencia.

Resumiendo: un viaje más que entretenido que merece la pena realizar si te gusta el detective de Baker Street. Que comienza clonando a Doyle pero termina con personalidad propia y no te hace pensar que se haya cometido un sacrilegio con el personaje.

Para finalizar, quiero pedir disculpas por las posibles equivocaciones que haya cometido. Al fin y al cabo he tirado de memoria de algo leído hace una década, apoyándome en la relectura de las sipnosis de las contraportadas y alguna relectura en diagonal de pasajes al azar hojeando los libros.