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Yo sabía de sobra cuando comencé a leer Sesenta Kilos que mi objetividad se vería empañada por mi filia hacia el autor. Pero aún prescindiendo de la predisposición incial a que me gustase el libro, debo confesar que lo de disfrutado mucho y devorado a velocidad de vértigo.

Un servidor es seguidor semirregular de Ramón Palomar en su programa radiofónico local de Abierto a Mediodía desde hace muchos años. Le he ido siguiendo conforme ha ido cambiando de emisora escuchándolo religiosamente durante algunas épocas, abandonándole durante otras, pero siempre regresando. Y en lo que a su producción literaria anterior se refiere, lo que teníamos era un par de libros recopilando sus columnas en el diario Las Provincias (también local) y un dietario. Así que en realidad a pesar de llevar tres libros editados a sus espaldas, éstos 60 Kilos es su primera novela.

El libro te facilita la inmersión en la historia utilizando un lenguaje claro, simple, directo y unos capítulos no demasiado extensos. Además va alternando el protagonismo de cada capítulo con los distintos personajes, avanzando la historia poco a poco con los distintos puntos de vista de éstos a la vez que se aprovecha de las reflexiones y recuerdos de cada uno para contarnos su pasado y enriquecer la trama principal. El único “pero” que quizás le pueda achacar es el uso de las formas castellanas de algunas palabras anglosajonas, que en un principio al estar acostumbrado a leerlas en su forma inglesa te descoloca y sorprende encontrarlas así. Pero es que si se acude al diccionario de la RAE puede comprobarse que terminos como güisqui o bisnes que se utilizan en la novela están perfectamente admitidos.

En cuanto a la trama en sí… Tenemos a la típica pareja de recaderos formada por  Charli, un matón de poca monta cargado de músculos, y El Nene, antiguo mercenario en África al que nadie toma en serio. Y en uno de sus viajes periódicos a Oporto para recoger dos maletas cargadas con 60 Kilos de coca pura para su jefe que es uno de los más importantes traficantes de la costa mediterránea,  don Anselmo Túnez Cabrera alias el “Frigorías”, se le cruzan los cables a Charli y decide quedarse con la mercancía. Agarra el par de maletas y desaparece rumbo a Madrid. A partir de ése momento tenemos los tejemanejes realizados por el “Frigorías” para recuperar lo que es suyo enviando a Mauro El Tiburón, antiguo legionario que en la actualidad es un tatuador hiperviolento que se dedica a trapichear droga con varios porteros de discoteca de la zona y que anda enchochado por Amapola, que trabaja en el prostíbulo de más de tres mil metros cuadrados enclavado en plena autopista del Mediterráneo llamado Rojo y Negro cuyo propietario Manuel Insausti Gómez alias “Carapán” es amigo de toda la vida de el “Frigorías”… Vamos, toda una serie de historias que se cruzan entre sí con los sesenta kilos del título como excusa.

Mirando por la red me ha resultado curioso que en multitud de sitios han decidido bautizarla como Novela Negra Cañí. No es que me moleste el témino, pero si bien estamos ante una novela negra curiosamente carente del típico detective o policía retirado, el apelativo de cañí imagino que se lo habrán colgado por utilizar un elenco característico de los barrios bajos españoles (incluso gitanos adoradores aférrimos de Camarón). Al fin y al cabo tenemos bastante novela de género nacional, pero al menos hasta dónde yo he leído no suele ambientarse en éste mundillo.

Como las comparaciones son odiosas, para rematar la recomendación de su lectura utilizaré el término que usó un amigo mío tras finalizarla que la definió como “una novela tarantiniana con todas sus consecuencias: rápida con buenos diálogos, violencia explícita y encima adornada con el sexo que normalmente no suele poner el director de cine”.